En un relato magistral (recuerdo que dividido en dos partes), Ernesto Aguirre nos deleitó con su historia sobre sus aspiraciones de actor y cómo llegó a cumplir con ese deseo que todos alguna vez tuvimos: actuar en la sala de la Kadima. ¡Casi nada!...
Hablemos algo más sobre eso. El salón Kadima era (y debe seguir siendo, posiblemente) el centro de la vida cultural, social y de esparcimiento de nuestro querido pueblo. No es que no hubieran otros puntos de encuentro cultural o de divertimiento, pero la Kadima se llevaba las palmas, desde todo punto de vista. Allí se realizaban todo tipo de celebraciones: los actos escolares de fin de año, los casamientos, las conmemoraciones más importantes. Allí se podían ver a las compañías teatrales que llegaban al pueblo (yo vi teatro por primera vez en mi vida en ese salón, y en esa ocasión tuve el privilegio de ver actuar a Enrique Serrano).
Y la Kadima también era una sala de cine. De todas las películas que se pasaban nos interesaban las de ´comboy´ (como decíamos). Gene Autry o Tom Mix se turnaban para hacernos pasar un rato agradable. ¡O también Tarzán!. Pero no decíamos que no a cualquier otra película con cualquier otro argumento. Si se trataba de ir al cine éramos capaces de ´aguantar´ cualquier cosa...
En la década del 40/50 del siglo XX, el que controlaba la entrada del cine y se encargaba de proyectar las películas era Elli. Posiblemente ése era su nombre, ¿pero cuál era su apellido? Ahora tengo una duda y me gustaría que alguien me lo aclarara. También en esa misma época el cine era regenteado por don Marcos Fridman. Ubicado detrás de una ventanilla, se ocupaba de vender las entradas para el espectáculo cinematográfico. Esa actividad lo convertía en un ser con una ventaja especial: él podía ver todas las películas y todas las veces que quisiera, mientras el resto del pueblo (especialmente los más chicos), no siempre tenían el dinero o el permiso para verlas. Aunque yo, para envidia de mis amigos, tampoco pagaba la entrada al cine. Iba cuando quería... y simplemente entraba. No sé bien el motivo de este privilegio, posiblemente alguna cuestión familiar, pero así era. Para los demás.. ¡don Marcos no tenía contemplaciones de ningún tipo con nadie!
Un domingo por la tarde fui al cine en compañía de un amigo, que ya había visto la película el viernes por la noche (recordemos que las que se pasaban el viernes por la noche se repetían el domingo por la tarde) y que simplemente deseaba acompañarme. Mi amigo estaba convencido de que, si ya había visto la película una vez, no estaba obligado a pagar la entrada para verla de nuevo.
Así que fuimos hasta la ventanilla y él dijo: - Yo quiero entrar, pero no tengo que pagar la entrada...
- ¿Y por qué no tenés que pagar la entrada?... - preguntó don Marcos.
- Porque yo ya vi la película el viernes.
- ¿Y a mí que me importa si la viste la semana pasada? - fue la categórica respuesta. El argumento de ´pague uno y vea dos´ no funcionó... y mi amigo se quedó sin ver la película por segunda vez.
Una anécdota realmente graciosa que tiene como referencia a la Kadima, la cuenta Armando Bublik en su artículo ´Cuando éramos mayoría´ publicado en la revista Raíces de 1994. Pese a que tal vez cometo ´plagio´, no puedo dejar de repetirla, pensando que el autor entenderá, y que este episodio me recuerda otro que ya conté referido al Dr. Fink. Dice Bublik que ´cuando se presentaban espectáculos de mucho interés, los palenques y árboles alrededor de la Kadima se poblaban de sulkis, volantas y todo tipo de vehículos de tracción a sangre; los muchachos que se reunían en la plaza se divertían cambiando los animales de los carruajes. Así fue como, en medio de la noche, mientras volvía del teatro, un colono le dijo a su mujer: ´¡Ij volt gueshvorn az ij hob aingueshpant tzvei ferd, ober, du zest, zei pishn azoi vi yegues!´ (Podría jurar que até dos caballos, pero, vos ves, pishan como yeguas). ¡De nuevo, perdón a Armando Bublik, pero valía la pena!... Hasta una próxima.
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