Buena parte de mis mensajes a este punto de encuentro común fueron enviados con este mismo título pensando que, precisamente, contaban relatos anecdóticos más o menos divertidos acerca de los habitantes de nuestro querido pueblo en épocas pretéritas. En realidad lo que uno parece descubrir leyéndolos, y eso ocurre tanto con los que yo envié como con aquellos que enviaron otros, es que esos episodios los conocían, comentaban y hacían circular los restantes vecinos.
Ahí es cuando afloraba ese humor típicamente judío, fuertemente atado a la vida y muy utilizado por nuestros grandes autores. El pueblo, ante cualquier acontecimiento gracioso, se desternillaba de risa.
Pero en estos días, al releer los más de 1900 mensajes que integran la extensa serie que cubre esta página encontré también relatos de otro tipo: aquellos con un alto contenido nostalgioso y que recuerdan a personas en particular, en los que la añoranza, la tristeza o el afecto están presente con mucha fuerza.
Por eso hoy deseo recordar una figura nombrada por varios colaboradores en muchos de sus envíos en todos estos años. Tal vez, por mi relación con ella, mi recuerdo resulte subjetivo y, por lo tanto, poco propenso a la imparcialidad, pero me animo a correr el riesgo.
Trataré de recordar a una maestra por excelencia de Moisés Ville: a mi tía Juana Rosenthal de Fridman. Juana había nacido en la colonia de Moisés Ville en 1910. Era la segunda hija del matrimonio Rosenthal-Teitelbaum que, además, tuvo cuatro hijas (mi madre entre ellas) y un hijo, todos hoy fallecidos.
Luego de cursar la escuela primaria decidió que su vocación era la docencia, de modo que se instaló en Rafaela para cursar el Colegio Normal. De paso comento cuánto les debemos a tantos y tantas que recorrieron ese mismo camino, ¿verdad?.
Cuando se recibió, volvió al pueblo para desempeñar un cargo en la escuela fiscal. Luego de casarse con Simón Fridman, siguió en Moisés Ville hasta 1948. Ella no tuvo hijos, de modo que todo su afecto maternal lo volcaba hacia sus alumnos, y parece que dejó un recuerdo imborrable en toda una generación.
En textos plenos de cariño y reconocimiento, Naum Morkovsky la menciona en el mensaje 1314 y Eugenio Helman no menos de cuatro veces. Es que Juana resultó ser una de las maestras más notables que nos dio el pueblo. Cuando se trasladó a Buenos Aires siguió unida a la docencia por muchos años, esta vez como maestra de la escuela Scholem Aleijem hasta su jubilación.
Recuerdo que tuve la suerte de que fuera mi maestra en primero y segundo grados. Cuando ambos nos enteramos de que sería mi primera maestra, se ocupó en aclararme que, en la escuela, ella no sería mi tía sino mi maestra, y que debía decirle "señora" (cosa que, en realidad, en esos dos años jamás hice). Sin embargo ella actuó verdaderamente como una profesional y no me tuvo contemplaciones. Y para confirmarlo rememoro este episodio en particular:
En una ocasión nos encargó que recortáramos una figura humana y la pegáramos en el cuaderno, indicando las diferentes partes del cuerpo. Por alguna razón inexplicable, olvidé de hacerlo y cuando ella revisó la tarea, encontró que yo no la había cumplido. Así que me miró con severidad y me propinó un merecido tirón de orejas sin importarle cuán ruborizadas estaban en mis mejillas por la vergüenza de ese momento.
A todos, la hayan conocido o no, les pido una oración en su memoria.
Hasta una próxima.